Wellness como nueva forma de autoexigencia.
- Lorena

- 25 jun
- 3 min de lectura

Hace poco me topé con un carrusel de @savia.alquimia que empezaba con una frase que no me he podido quitar de la cabeza: "Nunca hubo tanto wellness. Y nunca tantos cuerpos agotados."
Me quedé un momento ahí. Porque es verdad. Y porque, trabajando en lo que trabajo, me interpela directamente.
Nunca hubo tantos suplementos, tantos podcasts, tantas apps de meditación, tantos cursos sobre trauma, regulación y sistema nervioso. Nunca hubo tanta información disponible sobre cómo cuidarse. Y sin embargo, la ansiedad sigue creciendo. El agotamiento crónico sigue siendo la norma. Las tasas de suicidio siguen creciendo. El ailsamiento y la soledad son la nueva pandemia. Los cuerpos siguen sin sentirse en casa.
¿Por qué?
La trampa del conocimiento
Hay algo que hemos confundido como cultura, y es la idea de que entender algo equivale a transformarlo.
Puedes aprender la teoría polivagal de memoria y seguir activando la respuesta de amenaza ante cualquier contratiempo. Puedes hablar de regulación del sistema nervioso con fluidez y seguir hiperexigida. Puedes saber exactamente qué hace el cortisol en el cuerpo y no haber vivido ni un solo momento real de descanso en semanas.
El conocimiento es necesario. No lo estoy descartando —es parte de lo que intento ofrecer aquí, contextualizado y con rigor. Pero el conocimiento solo no llega al cuerpo. Y el cuerpo es donde vives.
El wellness como nueva forma de tolerar lo que nos agota
Hay una función que el wellness moderno ha ido ocupando sin que nos demos mucha cuenta: la de ayudarnos a aguantar más, no a cambiar lo que nos está agotando.
Descansamos para poder seguir sosteniendo vidas imposibles. Meditamos para tolerar más presión. Consumimos rituales de bienestar que nos hacen sentir que "estamos trabajando en nosotras mismas" mientras el entorno —laboral, relacional, cultural— permanece intacto.
No digo que la meditación o el descanso no sirvan. Sirven. Pero cuando se convierten en estrategias de adaptación a algo que en realidad no debería tolerarse, la pregunta que merece hacerse es otra: ¿estoy cuidándome o estoy aprendiendo a funcionar en condiciones que no son sostenibles?
Esa pregunta no tiene una respuesta única. Pero merece un momento de honestidad.
Lo que el cuerpo necesita para cambiar de verdad
El cuerpo no cambia porque entiende algo. Cambia cuando la experiencia se vuelve repetición, seguridad, coherencia, vínculo, verdad vivida.
Esto tiene sentido desde la neurociencia: el sistema nervioso no se reorganiza por inspiración momentánea. Se reorganiza a través de experiencias repetidas que le dan información distinta sobre el entorno. Información sensorial, relacional, somática. No conceptual.
Lo que esto significa en la práctica es que no basta con leer sobre grounding —hay que pararse, con los pies en el suelo, y dejar que el cuerpo registre esa información lo suficiente como para que deje de estar en alerta. No basta con entender que la exhalación lenta activa el nervio vago —hay que exhalar despacio, con regularidad, durante suficiente tiempo como para que el sistema nervioso lo aprenda como patrón.
La integración, en este sentido, no es intelectual. Desordena. Implica perder ciertas identidades que habíamos construido alrededor de cómo funcionamos. Implica poner límites donde antes había adaptación. Implica atravesar momentos de vacío o incertidumbre que no siempre son luminosos.
No es siempre bonito. Y desde luego no tiene la estética pulida de un ritual de mañana bien fotografiado.
Trabajo con el cuerpo. Con el sistema nervioso. Con prácticas somáticas que tienen respaldo fisiológico. Y precisamente por eso sé que lo que ofrezco —programas, terapia de yoga, educación— son puntos de entrada, no destinos.
Un carrusel bien hecho puede darte contexto. Una práctica de respiración puede darte una experiencia real, en el cuerpo, en este momento. Pero el cambio que dura ocurre en otra escala de tiempo. Ocurre con repetición, con presencia, con lo que sucede entre las prácticas tanto como durante ellas.
Lo que me preocupa del wellness como industria no es que exista. Es que haya normalizado la idea de que consumir es suficiente. Que cuantas más herramientas tengas, más cerca estás de estar bien. Y eso, en el mejor de los casos, no es cierto. En el peor, es una forma más de exigencia disfrazada de autocuidado.
No necesitamos solamente más herramientas. Necesitamos cuerpos capaces de habitarlas.
Eso requiere otra cosa: tiempo, presencia, y a veces la valentía de preguntarse qué es exactamente lo que estamos intentando tolerar.
Si algo de esto resuena contigo, me gustaría saber dónde te encuentras tú con todo esto. Dímelo en los comentarios!



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